"Toto y el jorobado llevan dos botellas de
cerveza cada uno. Es una tarde calurosa y gris. En el horizonte hay unos
nubarrones negros que surgen de la sierra como si allí mismo hubiera una
fábrica que almacena nubes. La tormenta podría pasar de largo si los tomateros
tiraran las bombas para que la piedra no estropee la cosecha. Pero hay veces
que no logran deshacer la tormenta, falla la puntería o el gas de las bombas
está vencido, y al día siguiente hay un tendal de fruta destrozada y los
pájaros comen hasta hartarse.
-Anselmo podrá no reconocer a su hija, pero una parra la sabe
cuidar... No me vengan a mí con cuentos -reflexiona el jorobado.
Toto camina despacio, la pala al hombro.
-Y sí...
-Y eso del fuego, se lo creo hasta ahí, ¿cuantos fuegos habrá
encendido Anselmo en su vida?
-La misma cantidad que nosotros. Una punta. ¿Y qué?
En la entrada del rancho de Toto está tirada la cabina oxidada de
una camioneta y al fondo se ve una construcción con la galería de zarzos. Los
zarzos están rotos y cuelgan sobre las paredes del rancho y sobre la unica
ventana, que esta tapada con una manta. Hace dos años, un rayo partió una
palmera y encima del tronco hay dos cueros de cabra. Dentro de la cabina de la
camioneta se apilan las botellas y las arpilleras. Detrás de un asiento Toto
guarda las herramientas para que no se las roben. El jorobado entra en la pieza
y vuelve con un banquito. Aparece una perra gris de tetas rosadas.
-Esta vez escondió la cría... -dice el jorobado y enseguida, como
si se contestara, añade-: Es rápida, sí. Ya aprendió que se los sacamos.
El agua de la acequia está regando unos zapallos y las flores de
la salvia ya empiezan a secarse.
Toto acomoda unos ladrillos que alguna vez fueron parte de unos
escalones y abre la primera botella con los dientes. Toman unos tragos. A lo
lejos se escuchan las ranas, en el terreno que linda con el monte de paraísos
de la señora clara.
-Así es, nomás -dice el viejo, sentado en los escalones, con las piernas
abiertas.
El jorobado se levanta y va detrás del rancho; busca entre unas
latas y vuelve al rato con una jaula.
-¿Así que te anduvieron diciendo que la Graciela quiere volver
para el pueblo? -Toto abre la segunda botella.
-Volver, lo que se dice volver...
El jorobado prueba la puerta de la jaula. No parece cerrar muy
bien y busca un martillo.
-¿Y, entonces, qué mierda es eso del que el Chispa se tira en la
cama todo el día y ella no tiene un peso para dar de comer a los chicos?
-Vos conoces al Chispa... Cuando hay gente es pura farra, pero de laburo
nada...
-Aquí a la Graciela no le faltó nunca nada, igual se fue...
-El Chispa es el único que yo conozco que se le animó a Mercado
-afirma el jorobado, como queriendo hacer justicia y para que Toto se olvide de
Graciela.
-A Mercado se le animó Barbarroja, que le cortó la cara...
-De palabra, digo yo.
El jorobado tira la segunda botella y la perra se asusta
-De palabra se anima cualquiera...
El jorobado prueba nuevamente la puerta de la jaula, después de
haberle dado dos martillazos.
-Diez años es mucho tiempo... -dice el viejo, mirando los cueros
sobre el tronco de la palmera.
-¿Diez años ya?
-Diez años clavados...
-La pucha cómo pasa el tiempo -dice el jorobado.
-Cuando te viniste, la Graciela hacía unos días que se había
ido...
-Será como vos decís. A mí se me hace menos...
-Estabas enyesado... Acordate. No servías para bosta...
-Me había pateado el Moro... Cuando fui con Raúl a buscar las
vacas que se le fueron al río... En la radiografía tengo el año... Andá a saber
dónde está... Capaz que me la robaron cuando entraron aquí y se llevaron los
aperos...
-¿Para qué van a querer una radiografía de mierda? ´Tenés cada
cosa vos, como cuando te quedás mirando los pájaros... ¿Para qué los mirás?
El jorobado no contesta, siempre que se emborrachan al Toto le da
por decir esas cosas. Como si borracho odiara los pájaros.
-Graciela se tomó el micro General Urquiza con los chicos...
-Te dejó al Hernán...
-Para lo que sirvió...
El viejo cálcula: ya hace diez años que la Graciela está con el
Chispa y antes una punta con él... Cría de los dos lados... Uno estropeado
que se lo dejó.
-Como si hubiera sabido que Hernán no servía -murmura.
-Qué va a saber Graciela...
-Me dejó al estropeado y se llevo a los otros...
-En todas partes hay un hijo así... Mirá el viejo Acevedo...
-El mayor apareció degollado, ¿no?
-Apuñalado antes...
-Vestido de mina... Ése sí que se podía enderezar...
-El Hernán no.
-El Hernán no. Sacaba cosas de chiquito. Apenas empezó a caminar,
ya robaba... ¿Te acordás cuando desapareció el machete? Lo tenía él, lo había
escondido en el hueco de un tala. Si lo habremos fajado, ¿eh? Hasta la abuela
le pegaba. Para lo que servía... se emperraba con algo y no había manera... Al
final, tenía más carácter que todos... Se hace extrañar, el desgraciado.
En el cielo, iluminado todavía por la luz del sol, hay una luna
delgada; las nubes negras ya se disiparon.
-Dejá de darte tanta máquina. Las cosas son así. Además, al Hernán
no lo van a agarrar tan fácil, es más vivo que nadie. ¿Por dónde andará ahora?
El jorobado busca otra vez la jaula, se sienta en el tronco junto
a los cueros de cabra, mete la mano adentro y la mueve como si fuera un pájaro.
Toto se saca los zapatos y los arroja al aire con rabia; uno cae
dentro de una lata con agua. ¿Por qué carajo siente que se ahoga cada vez que
se acuerda del desgraciado? Si Hernán era más rebelde que la misma mierda... Y
encarador... Tendría cuatro años y lo miraba fijo cuando él agarraba el
rebenque. Ni una lágrima. Ni un grito. Distinto de todo los demás.
-Al final, está buena la joroba... -dice Toto, arrastrando las
palabras-. Tenés todo ahí... y no te jode nadie. No te jode ninguna mujer...
-Todo ahí... -dice el jorobado. Deja la jaula con cuidado sobre
unso ladrillos y abre la cuarta botella.
La noche de pronto se vuelve azul, espesa, y puede escucharse el
ruido de las alas de las lechuzas que pasan, rozan las ramas de los algarrobos,
y caen sobre los cuises para quebrarles el cuello.
-Traete un poco de aguardiente, andá -ordena Toto-. ¿Para qué
guardarla? La Graciela siempre andaba guardando cosas... Es una puta costumbre
de las mujeres. "Para cuando haga falta", decía... Y nunca hacía
falta, según ella.
El jorobado entra obediente en la pieza y vuelve con una damajuana
envuelta en un trapo.
Toto tambalea, pero todavía le quedan fuerzas para acercarse al
jorobado.
-Capaz que el hijo del Dante y la Paola salió como vos... Viste
que Elvira en la despensa dijo que van a venir de la municipalidad para
ayudarlos. Que les van a dar pañales y la leche. Si tenés hijos sanos no te dan
nada. Tenés que tener uno maltrecho para que se acuerden de vos...
-Y sí, vamos a tener maltrechos para rato...
El jorobado se toma un trago largo hasta que la garganta le quema
y no sabe si llora por el Hernán o por las palabras de Toto.
A la madrugada sopla un viento sur que voltea muchas plantas de
tomates y las flores de los duraznos tardíos. Las cañas que sostienen las
plantas se clavan en la tierra, igual que si fueran cuchillos en un pedazo de
carne. El jorobado da vueltas en el catre. El sueño lo esquiva. Todo el tiempo
piensa en la tierra que le vendieron a los porteños. Se ve corriendo con Hernán
por la chacra de los Ruiz, volteando con la gomera las loras que se comen los
higos, corriendo sin esfuerzo, corriendo con Hernán y Marcelino, el hijo de
Acevedo que apareció degollado; Marcelino vestido de mujer, Hernán riéndose a
carcajadas. "Vamos a esconder las cosas que robamos en tu joroba", le
grita, "la vamos a ahuecar con el hacha y vamos a esconder todo". Y
ve los relojes y las chucherías que los chicos roban en el pueblo. Reconoce algunas
de las cosas robadas. Ve el monedero de Ema, la mujer del escribano, y el reloj
del doctor. "Che, Hernán, dejá de joder, este reloj hay que devolverlo.
Mirá si se entera tu viejo..." "Mi viejo no se va a enterar si no se
lo decís. Y si se lo decís cortamos la joroba en rebanadas y la vamos a vender
como carne de chancho, chancho de monte, ¿no, Marcelino?" Se ríen los
chanchos a carcajadas y se escapan corriendo, corriendo por la tierra de los
Ruiz con sus espaldas derechas como juncos.
Toto tampoco puede dormir. Tiene los ojos abiertos y mira la viga
del techo, un pedazo de quebracho que trajo del río hace una punta de años,
cuando él y la Graciela empezaron a vivir juntos.
-¿Cómo son los frambuesas, Toto? -pregunta el jorobado.
El viejo se queda pensando:
-Como uvas que no le cuajó el azúcar... Amargas. Moda de porteño
culeado."
Fragmento de la novela "Sierra Padre", de María Martoccia.
A este libro, el más sensiblemente profundo q he leído en mucho tiempo, lo compre por diez pesos (nuevísimo!) en una librería de usados en La Paternal; propiedad de un viejo barbudo q, desde el fondo, respondía mis dudas a los gritos mientras encuadernaba no se q cosa con una estrafalaria máquina metálica. pagué con cincuenta y no recibí vuelto pq cuarenta me salió el goodman, la biblia de la farmacología.
Si uno busca, de a cincuenta mangos puede ir conquistando el mundo.
Si uno busca, de a cincuenta mangos puede ir conquistando el mundo.
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