lunes 3 de octubre de 2011

LA MUJER TEMBLOROSA

Mientras daba un discurso en homenaje a su  fallecido padre la escritora Siri Hustvedt sufrió unos extraños temblores, pero nunca dejó de hablar. "La mujer temblorosa" es la minuciosa investigación q la autora inició luego de esos sucesos y en la cual a partir de la búsqueda de un diagnóstico se evidencia lo difuso de los limites entre la medicina, la psicología, las neurociencias, la filosofía y casi todas las cosas de este garchomundo. Aquí un fracmento:

Estuve tiempo preocupada por mis temblores hasta que se me ocurrió una posible respuesta. No fue una conclusión a la que llegase poco a poco sino que surgió de repente, como una inspiración divina. Estaba sentada en mi lugar habitual durante la conferencia mensual de neurociencia cuando recordé una breve charla que tuve en una conferencia anterior con una psiquiatra que se situaba justo detrás de mi. Le pregunté dónde trabajaba y qué hacía y me respondió que en un hospital atendiendo sólo a "pacientes de conversión". "Los neurólogos no saben que hacer con ellos así que me los mandan a mi", dijo. ¡Eso es!, pensé. Mi ataque había sido de origen histérico. Este término ha caído en desuso dentro del vocabulario médico y va siendo reemplazado por el de trastorno de conversión, aunque bajo este nuevo término subyace el fantasma del antiguo.
Hoy en día, cada vez que se usa la palabra histeria en periódicos y revistas, se suele señalar que proviene del griego y que significa "útero". Puntualizar su origen, como una patología puramente femenina asociada a los órganos reproductivos, sirve para advertir a los lectores de que el término en si refleja un antiguo prejuicio contra las mujeres, pero la historia va mucho mas allá de la misoginia. Galeno creía que la histeria era una enfermedad que sufrían las mujeres solteras o viudas privadas de relaciones sexuales, pero no la consideraba una forma de locura puesto que no tenia por qué llevar aparejados problemas psicológicos. Los médicos de la antiguedad eran muy conscientes de que los ataques epilépticos y los histéricos se asemejaban y de que era fundamental distinguir entre unos y otros. Como puede verse, la confusión aún existe. El médico del siglo XV Antonius Guainerius sostenía que los efluvios procedentes del útero eran los responsables de la histeria y que ésta se diferenciaba de la epilepsia en que los histéricos recordaban todo lo sucedido durante sus ataques. El gran médico inglés del siglo XVII Thomas Willis absolvió al útero de ser el órgano culpable y situó el origen, tanto de la histeria como de la epilepsia, en el cerebro. Pero las ideas de Willis no eran las predominantes en su época. Había otros médicos que creían que se trataba de dos manifestaciones diferentes de la misma dolencia. El médico suizo Samuel Auguste David Tissot (1728-1797), hoy más recordado en los anales médicos por su famoso tratado sobre los peligros de la masturbación, sostenía que eran dos enfermedades distintas, aunque existieran alguna epilepsias originadas en el útero. Desde la antiguedad hasta finales del siglo XIX la histeria fue considerada como una enfermedad convulsiva originada en alguna parte del cuerpo (el útero, el cerebro o alguna extremidad) y aquellos que la padecían no eran tenidos por locos. No hace falta decir que si cualquiera de los médicos que acabo de mencionar hubiese presenciado mi convulso discurso, me hubiera diagnosticado histeria. Mis funciones superiores no se vieron interrumpidas; recuerdo todo lo sucedido durante mi ataque y, por supuesto, era una mujer con un útero potencialmente emisor de efluvios y capaz de trastornarse.
Es interesante plantearse en que momento la histeria adquirió la categoría de enfermedad asociada de forma exclusiva a la mente. Por lo general utilizamos el termino histeria para referirnos a la excitabilidad o excesiva emotividad de una persona. Lo asociamos con la imagen de alguien, normalmente una mujer, chillando fuera de sí. No se que le sucedió a mis brazos, piernas y torso en aquella circunstancia, pero me sentía lúcida y hablé con tono calmado. En ese sentido, no estaba nada histérica. Hoy en día el trastorno de conversión está considerado un problema psiquiátrico y no neurológico, por eso se explica que lo asociemos a las perturbaciones mentales. En el DSM, que va ya por su cuarta edición, se engloba al trastorno de conversión dentro de los problemas somatoformes, es decir, trastornos psiquiátricos en los que las personas manifiestan síntomas físicos. Pero la denominación y clasificación de la enfermedad ha cambiado varias veces durante los últimos cuarenta años. En el primer DSM (1952) se la llamaba reacción de conversión. El DSM-II (1968) la incluía en el grupo de los trastornos disociativos y la denominaba neurosis histérica, de tipo conversión.. Al parecer, en 1968 los autores del manual estaban impacientes por reestablecer las raíces de la enfermedad recuperando el uso de la palabra histeria. El término disociación es muy amplio y se utiliza de diferentes formas para indicar cierto distanciamiento del yo o trastorno de la personalidad. Por ejemplo, cuando una persona tiene la impresión de estar fuera de su propio cuerpo se dice que experimenta un estado disociativo; si a otra la agobia la situación de que ella o el mundo no son reales, también se lo califica de trastorno disociativo. Cuando se publicó el DSM-III (1980), el término histérico había desaparecido, siendo suplantado por el de trastorno de conversión, englobado dentro de los trastornos somatoformes. La definición permaneció inalterada en el DSM-IV. Sin embargo, el manual actual de la organización mundial de la salud, el ICD-10 (1992) no está de acuerdo. Allí se le denomina trastorno disociativo (de conversión). Parece algo confuso y lo es. Resulta obvio que los autores de manuales de diagnóstico psiquiátrico no saben bien que hacer con la histeria.


y aquí una reciente entrevista a la autora